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No pretendo escribir una guía de «Cómo leer un clásico», pero sí me apetecía hablar sobre el tema y cómo ha cambiado mi percepción a lo largo de la carrera. Y es que soy la primera que reconoce que los clásicos le daban respeto y un poco de miedo. Sin ir más lejos, la primera autora a la que me tuve que enfrentar en Filología Inglesa fue nada más y nada menos que Virginia Woolf. Pero gracias a una profesora magnífica y a ir entendiendo poco a poco las diferentes caras de la literatura según la época, pude acabar disfrutando de los clásicos como una niña pequeña.
Una característica de los clásicos es la distancia temporal con el lector actual. No puedes leer de la misma manera a Hemingway que a Shakespeare, ya que en el segundo el silencio será mucho mayor y necesitarás llenarlo con una buena edición crítica, notas e información sobre la época y el lenguaje. No sería justo, por lo tanto, juzgar una obra de Shakespeare sin intentar llenar ese silencio creado por los siglos de diferencia; no sería justo decir «Hamlet es una mala obra porque no he entendido nada» cuando no te has esforzado en entenderla, teniendo siempre en cuenta que cuanta más distancia haya, mayor deberá ser el esfuerzo por parte del lector.
Esto no ocurre con las obras contemporáneas, al menos no con la gran mayoría. El lector y la obra comparten contexto social y temporal, lo cual hace que el silencio sea prácticamente inexistente. Si se lee, por ejemplo, una novela realista española del XIX, no se puede criticar que esté repleta de descripciones o que el autor o autora dedique todo un capítulo a explicar cómo son las pirámides de Egipto porque, claro, «todo el mundo sabe cómo son». Hay que tener en cuenta que en la época la literatura, las novelas, eran una manera de conocer mundo, y prácticamente ningún lector había viajado a Egipto y mucho menos tenían Internet o televisión para saber cómo eran las pirámides. Esto es simplemente un ejemplo para intentar explicar que no se puede juzgar una obra simplemente desde nuestro tiempo; hay que intentar entender el por qué de todo lo que hay en ella.
A pesar de todo esto, también opino que se pueden hacer lecturas actuales de clásicos. Por ejemplo, puede estudiarse una obra de Shakespeare desde el punto de vista feminista, a pesar de que en la época no existiera el movimiento como tal. Todo depende de cómo quiera el lector acercarse a la obra, pero, en mi opinión, no se puede juzgar un clásico sin tener en cuenta la distancia de la que os hablo o sin hacer un mínimo esfuerzo para minimizar esa distancia todo lo posible para poder disfrutar de la obra todo lo que se pueda. Porque, y esto lo digo con toda la sinceridad del mundo, es una pena perderse, por ejemplo, el humor del Quijote porque no se ha hecho un mínimo esfuerzo el leer las notas para entender las referencias al humor de la época, o no leer un mínimo de introducción antes de leer The Great Gatsby para poder entender todo el simbolismo y las referencias maravillosas que hay en él.
Pero como al final todo se resume en que cada uno lee lo que quiere y como quiere, esto no ha pretendido ser una guía de nada. Simplemente me apetecía dar mi opinión y volver a abrir la sección Aventuras y desventuras de una filóloga en proceso (de ahí el AyD del título) después de tanto tiempo. Espero que os haya resultado interesante y que, si os apetece, me dejéis vuestra opinión al respecto.
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